A veces, desearíamos no pensar en nada, poner la mente en blanco, con la ilusión de poder dejar de lado los problemas y las preocupaciones.
Olvidarnos del trabajo, de lo que nos hace infelices, de todo aquello que sentimos nos está esclavizando poco a poco.
Soñamos por momentos, que, si fuéramos capaces de dejar de pensar, nos evadiríamos de todo aquello que nos preocupa, de todo aquello que debemos afrontar aun a nuestro pesar. De todo lo que nos desborda.
Pero no podemos dejar de pensar, y a veces, hay tantas cosas acumuladas en nuestras carpetas de almacenamiento mentales, que necesitamos urgentemente “resetear”, o calmar la mente para no entrar en un bucle vicioso, parecido a un laberinto sin final. Para poner cada cosa en su sitio.
Aunque no podemos dejar de pensar en lo que nos preocupa, podemos aprender a vivir con nuestras preocupaciones, o llevarnos bien con ellas.
Podemos impedir que los pensamientos nos limiten o dirijan nuestra vida, y sí, podemos influir sobre ellos.
Lo cierto es que pensamos sin parar. Todo el tiempo. Incluso durante la noche durmiendo, de una forma no consciente. Y lo malo, es que lo hacemos habitualmente:
* a destiempo y * de forma narrativa, no reflexiva.
En nuestra cabeza, se desarrollan los acontecimientos, y van a mucha más velocidad que el transcurrir del presente. Escribimos guiones que no existen.
*¿Quién no ha estado viviendo todo el fin de semana, como si estuviera ya inmerso en un lunes por la mañana, en su puesto de trabajo?
*¿Quién no se ha descubierto pensando en el fin de semana, sin darse cuenta a penas de que lo que tenía entre manos se estaba desarrollando en un jueves por la mañana?
Vivimos en tiempos (pasado y futuro), que no existen y no nos corresponde vivir. Creamos narraciones ficticias, en vez de razonamientos basados en la reflexión consciente y racional.
*¿Te has visto dando vueltas y más vueltas al mismo problema, sin encontrar un camino de salida durante mucho tiempo?
Pero la realidad, es que vivimos muchas veces en el absurdo que supone tener la puerta completamente abierta y no saber andar hacia ella.
Otras veces, dejarnos arrastrar por los pensamientos, nos sirve de evasión. Pensar en algo que no es actual, que no tenemos la obligación de resolver en el momento. Aunque nos aleje inevitablemente, de lo que si debemos resolver. Divagar.
Damos vueltas y más vueltas a los problemas que ya se fueron, o a los que amenazan con venir.
Recreamos diálogos imaginarios en nuestra cabeza para solucionar conflictos, ideamos los acontecimientos como nos gustaría que fueran, o peor aún, los adelantamos como presagios negativos y amenazantes.
Lo malo de esto es que a veces, lo hacemos de forma constante y obsesiva. Permitimos que no nos dejen vivir el día a día, y nos hacen desperdiciar nuestra energía en lo que no existe, para desligarnos de lo que si.
Nos descentramos cuando no nos gusta, o no podemos con la presión. Por eso, ponemos en estado semiconsciente nuestra mente, cuando nos resulta imposible dar respuesta a los problemas y tomar decisiones acertadas. En definitiva, cuando nos sentimos incapaces.
*¿Quién no ha tenido insomnio alguna vez? ¿Qué ocurre cuando el insomnio se alarga día tras día y la hora de irse a la cama es la hora más temida?
Recuperamos energías durante el sueño. Es por tanto un problema añadido si no podemos hacerlo bien.
Nos damos cuenta de que es el momento de quedarnos a solas con nuestros pensamientos, cuando más valentía necesitamos.
Durante la noche, en el ruido de fondo que acompaña a la soledad, los problemas se hacen más patentes y se agigantan. Es cuando vienen las dudas, más ambiciosas de respuestas que nunca.
A medida que los acontecimientos y las preocupaciones nos van sobrepasando, tenemos la sensación de estar perdiendo el control de la situación.
Pero no tenemos la suficiente claridad para poder gestionarlo, o no disponemos en ese momento de la vitalidad necesaria para hacerlo.
Necesitamos entonces huir, o seguir rumiando obsesivamente lo que no podemos afrontar.
Ser persona, lleva implícito esto. Estar sometido a presión prolongada, trae como resultado que se vayan acabando nuestras reservas.
Tener limitaciones significa seguir pensando de forma obsesiva y poco constructiva, cuando estamos a mucha distancia de la calma y la serenidad.
Es por ello por lo que cavamos una y otra vez en el mismo sitio, en un sitio que no es el exacto, sin percatarnos que hay otros caminos, donde habría que investigar.
Alejarse de la presión y desconectar, no siempre es tan fácil, pues a pesar de distanciarnos físicamente del problema y el conflicto, este no desaparece. Está instalado cómodamente en nuestra cabeza.
Sería estupendo poder dejar la mente en blanco para descansar de lo que nos preocupa o amenaza. Pero lo cierto, es que esta posibilidad no existe, y que no nos queda más remedio que vivir con lo que pensamos. Con lo que interpretamos de lo que nos pasa.
Esta interpretación es la que nos hace verdaderamente sufrir. Si tratamos de revertir la visión de las cosas, conseguiremos no olvidarnos enseguida, pero si reconducir la solución a los problemas, lo que hará que pasen como un recuerdo pasajero más. Como algo que se aleja en la distancia.
Sabiendo gestionar la duda y la incertidumbre, podriamos aliarnos más con nuestra forma de pensar, para no dejar que las preocupaciones invadan cada terreno que intentan conquistar.

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