Vivir de cara a los demás, y solo así, nos aleja de nosotros mismos. Vivimos en una globalidad contagiosa. Nos puede importar mucho nuestra imagen social, y a veces, hasta podemos ser capaces de sacrificar nuestra felicidad, por encajar con la idea que tienen los demás de nosotros, o porque pensamos que los demás lo esperan.
Esto, lo hemos hecho todos, en muchos momentos de nuestra vida.  Y es porque somos imperfectos. Y no nos lo podemos recriminar.
Cuando el tiempo pasa, la experiencia nos hace ver lo verdaderamente importante. Es cuando nos preguntamos si ha merecido la pena bailar al ritmo de lo establecido por otros, a lo que hemos tenido que renunciar, y del personaje que hemos tenido que desempeñar . De lo que se ha ido dejando en el camino…
Pues seguro que era todo mucho más sencillo. Suficiente con no perder, nunca, nuestra propia identidad.
Y la perdemos. La perdemos, desde el momento en que actuamos para no defraudar . Sin darnos cuenta que es a costa, en muchas ocasiones, de defraudarnos a nosotros mismos.
Y nos auto engañamos, pensando que viviendo hacia afuera, no desde dentro, somos mejores personas.
Qué porcentaje del tiempo de nuestra vida vivimos en la ficción, no en la autenticidad? ¿hacemos   lo que debemos hacer, y no lo que nos apetece o nos dicta nuestra intuicion?
Si no hacemos daño a nadie, y somos correctos de acuerdo a las normas, vivimos en cierta tranquilidad. La que nos permite saber que estamos cumpliendo con lo que se espera de nosotros.
Aplacamos asi el miedo al rechazo y a la conquista de la individualidad. Pues conquistar nuestra individualidad tambien conlleva incertidumbre.
Y renunciamos a muchas cosas. Dejamos muchas cosas en el camino. Dejamos probablemente, el verdadero amor, dejamos la más sincera amistad, dejamos los ideales que sentíamos en nuestra juventud, el sueño por hacer un mundo mejor, y bailamos el ritmo que la vida marca, sin intentar componer ya, nuestra propia canción.
¿ Merece la pena olvidarnos de las cosas pequeñas, sencillas, que nos dan felicidad, y tambien de nuestros valores como el amor, la lealtad…, para vivir muchas veces, mentiras disfrazadas de verdades?
Desgraciadamente, lo hacemos . Nuestro corazón se hace paradojicamente mas fuerte, para ser mas debil, y nuestra mente se hace mas divagante. Cada vez más amplia, cada vez más tolerante, pero tolerante también para aceptar lo que no nos gusta.
Mente cada vez más abierta, pero también cada vez más cerrada a lo que verdaderamente somos, a nuestras expectativas, a nuestra más pura visión del mundo.
Porque la vida nos hace perder la inocencia , los ideales. Aquello que teníamos de niños, de adolescentes. ¿Donde quedo todo eso?
No está muy lejos. Basta con conectar con nuestro interior. No se ha ido. Esa parte, solo se ha adaptado, ha luchado con otras armas. Como ha podido. Como ha sabido. Pero sigue estando ahí.
Debemos permitir que salga a la luz. Ha podido pasar mucho tiempo en el anonimato. Ver las cosas como si fuera la primera vez que las vemos, puede ser difícil, pero es muy agradable y muy fructífero. Y no tenemos más oportunidad de hacerlo que en los años que tenemos en nuestra única vida.
Cuantas personas importantes para nuestro crecimiento , nos perdemos en el camino!. La soberbia, la arrogancia, La falta de humildad, la envidia…Sobre todo. el miedo, nos alejan de lo trascendente y de lo elemental, que en realidad es algo muy simple. Es nuestra esencia.
Lo que rodea a un ser humano como “ser social para el mundo”, es lo que parece importar. Es a lo que prestamos atención. Pero no lo es. Aunque eso forme también parte de nosotros, y sea una parte importante.
Los bienes materiales, el estatus social, el prestigio, el triunfo… todo aquello que objetivamente es deseable y que hace que toda nuestra vida sea una carrera interminable por conseguirlo. Está bien. Pero  ¿ a que tenemos y tuvimos que renunciar?
¿Que paso con la idea de que lo más sencillos y más grande a la vez, como sentir espontaneamente, querer sin pedir nada a cambio,  hacer el bien , disfrutar de las cosas pequeñas, de los ratos agradables, del silencio, de las buenas conversaciones, de la compañía de los buenos amigos?
Porque los primeros van comiendo terreno a los segundos? Nos limitamos a decir “Así es la vida”. Sí. Es así. Pero también es las otras cosas. Y las vamos dejando pasar….
En esta lucha , sacrificamos muchas cosas. Obtenemos otras, y estas otras, también es el resultado de lo bien que lo hemos hecho , de nuestro talento, de nuestras capacidades, de nuestro trabajo. Por supuesto. Son méritos justos.
Pero en esta carrera de obstáculos, en la que lo deseable es ir a la cabeza, nos hemos convencido: “Los fuertes ganan”.
Y los fuertes en realidad, no son solo los que socialmente triunfan, sino los que movilizan los valores sociales, dejando ver sus propios valores. Los que viven de acuerdo a su esencia y no la olvidan en el camino. Los que la ponen al servicio de los demas.
También son, los que son capaces de seguir siendo ellos mismos contra viento y marea. Los que no se han olvidado de sus verdaderos deseos de felicidad, a pesar de todo. Los que no han dejado de permitir que el niño que llevan dentro, siga sorprendiendose por las cosas.  Siga luchando sin tregua en la vida, y por la vida. Estos, son los mayores triunfadores.
Solo tenemos una vida, y el “acero de nuestra propia armadura social”, nos impide, muchas veces, acabar con nuestra infelicidad. Pues la felicidad esta en nosotros, no en el exterior.

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